Perdón

Salmo 32: la dicha del pecado perdonado

El Salmo 32 es el más luminoso de los salmos penitenciales. Mientras los demás nacen del lamento, este empieza con una felicidad: la de quien ya ha sido perdonado y respira aliviado. Describe con crudeza el peso de ocultar el pecado y el descanso hondo que llega al confesarlo.

Dichoso aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Dichoso el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.

Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir de cada día; mi vigor se secó como en verano.

Entonces te confesé mi pecado y no oculté mi culpa. Dije: "Confesaré al Señor mis rebeliones", y tú perdonaste la maldad de mi pecado.

Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia y me rodearás de cánticos de liberación. Amén.

El peso de callar el pecado

El salmo describe con precisión física lo que hace la culpa escondida: "se envejecieron mis huesos", "mi vigor se secó". Ocultar el mal no lo hace desaparecer; lo deja pudrir por dentro. Muchos reconocen aquí su propia experiencia: el desgaste sordo de arrastrar algo que no se atreven a nombrar delante de nadie, ni siquiera de Dios.

La confesión que libera

El giro llega en un instante: "te confesé mi pecado... y tú perdonaste". No hay largo trámite; en cuanto el salmista deja de callar, el perdón ya está. Es la lógica del sacramento de la reconciliación: sacar a la luz lo que nos pesa para que deje de tener poder sobre nosotros. Lo que sigue no es vergüenza, sino cánticos de liberación.

«Confesaré al Señor mis rebeliones, y tú perdonaste la maldad de mi pecado.»
Salmos 32:5

Del rezo a la paz

Rezar abre el corazón; confesar suelta el peso. Hazlo aquí, en la penumbra donde nadie ve tu rostro. Es anónimo y siempre está abierto.

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