Salmo 102: oración del afligido que desfallece
El Salmo 102 es la oración de quien se siente consumir. Sus días se van "como humo", sus fuerzas se apagan, y clama para que Dios no le esconda el rostro. Pero en medio del desfallecimiento aparece la roca: yo paso, Tú permaneces. Y ahí, en la eternidad fiel de Dios, encuentra la esperanza.
Señor, escucha mi oración, y llegue a ti mi clamor. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; inclina a mí tu oído; el día que te invoco, apresúrate a responderme.
Porque mis días se desvanecen como el humo, y mis huesos arden como brasas. Herido está mi corazón, y seco como la hierba.
Mas tú, Señor, permaneces para siempre, y tu memoria de generación en generación. Tú te levantarás y tendrás compasión.
El Señor atenderá la oración de los desamparados, y no despreciará sus ruegos. Amén.
La oración del que desfallece
Este salmo lleva por título antiguo "oración del afligido cuando desfallece y derrama su llanto delante de Dios". No es la oración de un día tranquilo, sino la de quien siente que la vida se le escapa entre las manos. Su primera petición es la más elemental: que Dios no esconda el rostro, que no lo deje solo justo cuando más lo necesita.
Lo que pasa y lo que permanece
El salmo contrapone dos realidades: "mis días se desvanecen como el humo" frente a "tú, Señor, permaneces para siempre". Ahí está el giro de la esperanza. Nuestra fragilidad es real, pero no es lo último; lo último es la fidelidad de Dios, que no cambia. Rezarlo es apoyar nuestra debilidad en algo que no se consume.
«Mis días se desvanecen como el humo... mas tú, Señor, permaneces para siempre.»
Del rezo a la paz
Rezar abre el corazón; confesar suelta el peso. Hazlo aquí, en la penumbra donde nadie ve tu rostro. Es anónimo y siempre está abierto.
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